Manifiesto Clínico Nº5

Manifiesto Clínico Nº5

El dolor y el placer viven en el mismo edificio

La danza dialéctica de la experiencia y el surgimiento de la voluntad

Tome asiento en algún lugar tranquilo.

Junte sus manos frente a usted y comience a apretarlas con fuerza.

Aumente progresivamente la presión hasta sentir que ya no puede más.

Manténgase ahí durante dos minutos, con los ojos cerrados.

Sostenga la incomodidad. Observe lo que ocurre en su cuerpo y en su mente.

Luego, suelte.

Lo que acaba de experimentar no es simplemente una sensación física. Es una manifestación directa de cómo el organismo humano regula su experiencia entre tensión y alivio, entre dolor y placer.

En ciertas prácticas de los monjes Shaolin se utiliza un principio similar: el cuerpo es llevado progresivamente al esfuerzo y al dolor, sostenido con atención. Sin embargo, en ese mismo proceso ocurre algo inesperado: aquello que inicialmente se vive como sufrimiento comienza a transformarse en una sensación distinta, más amplia, incluso placentera.

No se trata de negar el dolor, sino de atravesarlo.

Lo que la experiencia sugiere, y lo que hoy la neurociencia comienza a describir con mayor precisión, es que el dolor y el placer no son sistemas opuestos, sino diferentes modulaciones de un mismo circuito de regulación.

En este sentido, la experiencia humana se organiza como una danza dialéctica entre dolor y placer. Es en esa oscilación donde emerge la voluntad: la capacidad de sostener el esfuerzo, atravesar la dificultad y reorganizar la experiencia.

No es el placer aislado lo que impulsa el desarrollo, ni el dolor por sí mismo lo que lo detiene. Es el movimiento entre ambos lo que permite al organismo encontrar un equilibrio dinámico.

En sus formas más integradas, este equilibrio puede expresarse como experiencia de flujo: un estado en el que el cuerpo y la mente se coordinan de manera armónica, regulando la tensión sin eliminarla.

No es curioso que en geriatría se utilice una medida tan simple como la fuerza de prensión manual —evaluada mediante un dinamómetro— como un indicador robusto de salud general, estado funcional e incluso esperanza de vida.

Este gesto aparentemente trivial —apretar con fuerza— no solo expresa la capacidad muscular, sino que refleja el estado global del organismo: su energía disponible, su regulación y su disposición a interactuar con el entorno.

De manera consistente, el entrenamiento físico, el esfuerzo sostenido y la realización de tareas desafiantes no solo fortalecen el cuerpo, sino que también se asocian a cambios en el cerebro, particularmente en regiones como la corteza cingulada anterior, implicada en la regulación del esfuerzo, la toma de decisiones y las funciones ejecutivas.

En este sentido, la voluntad no puede entenderse únicamente como una cualidad abstracta o moral. Es, en gran medida, una capacidad encarnada: un fenómeno que emerge de la interacción entre el cuerpo, el cerebro y la experiencia.

Así, el acto de sostener el esfuerzo —aunque sea incómodo— no solo transforma la experiencia inmediata, sino que modifica las condiciones mismas desde las cuales enfrentamos la vida.

A veces, en nuestro intento por vivir mejor, terminamos organizando la vida en torno a la evitación del dolor.

Buscamos reducir la incomodidad, suavizar la experiencia y alejarnos del sufrimiento, como si este fuera un error del sistema y no una de sus condiciones fundamentales.

Sin embargo, en ese movimiento —aparentemente protector— dejamos de advertir algo esencial: que el dolor no solo limita, sino que también configura.

Es en el esfuerzo, en la tensión y en la dificultad donde el organismo desarrolla las capacidades que luego le permiten sostener la vida.

Aquello que evitamos es, muchas veces, aquello que nos prepara.

No se trata de glorificar el sufrimiento, sino de comprender su función. El dolor no es únicamente una experiencia que deba ser eliminada, sino una señal que, cuando es atravesada y elaborada, puede transformarse en organización, en aprendizaje y en posibilidad.

Tal vez el problema no sea el dolor en sí, sino la forma en que nos relacionamos con él.

Y es precisamente en esa relación donde se juega la posibilidad de desarrollar la voluntad, sostener el esfuerzo y habitar la experiencia con mayor profundidad.

Ps. Jorge Rojas G.

Viña del mar, 27 de marzo 2026